NO TE LO PERDONO

 

.   Entre la realidad y la fantasía

                                  (Homenaje a mi amigo y vecino Laurentino)

 

Esto no te lo perdono. ¿Cómo has podido?.  Jamás se me ocurrió a mí, ni siquiera en las partidas de cortas ausencias. Ya no sabré con quien compartir nuestros secretos. Nadie me tomará en consideración, y los imbéciles de siempre  me tildarán de loco. ¿A quién cuento que la piel de la perra Caireles era un trozo desprendido de arco iris, o que uno de sus ojos alojaba un mar bravío y el otro un atardecer de otoño?. ¡Cómo nos fascinaba el  furibundo rugido de las olas, cuando dormía en el rincón del comedero!.  ¿Y quién va a  creer la memorable  aventura de las ranas, con mi pie izquierdo sepultado en la charca de las Carbas?.

Sé que los años te habían encerrado en la cárcel que habitabas, y tu mente ajada se escapó del mundo. Ya no conocías a la gente, ni siquiera a la familia. Pero a mí sí. Lo gritaba la sonrisa de tu boca desdentada, y el abrazo sincero, cada vez que te visitaba, idéntico al del día en que,  imposibilitado para cuidar tus estrellas, cogiste la cazuela grande de  la alacena, donde las habías recogido, y me la entregaste. Por tu mejilla resbalaron dos amargos lagrimones..  Te prometí cuidarlas como a las mías y sonreíste satisfecho. Al  anochecer, ¿recuerdas?,  las tomé entre mis manos, subí a la Peña Gorda y  con un soplo suave, las hice ascender  al  cielo  donde hoy brillan. Te las he cuidado, Tino; te las he cuidado, con tanto cariño como a las mías. Mañana atravesaré la noche; quiero ver tus destellos entre ellas.

Estabas muy viejito, pero estabas. Aún seguías siendo la misma adorable persona que me hizo galopar en el caballo de su pierna, ahuyentaba mis miedos con el palo roto de la escoba  o guardó para la eternidad mis otros secretos, los personales, los de los interminables atardeceres de invierno al calor del brasero, cuando las emociones de los quince años rebosaban por el alma. Compartirlas contigo fue un alivio. Me quisiste  como al hijo que no tuviste, y yo como al padre que sí tuve.  ¿Cómo has podido no decirme que marchabas?

Ayer, la llamada fue breve: “Tino se ha ido”. Lo oí y sentí desgarrarse el corazón, pero no lloré.  Sí, me  dolió, me dolió mucho, porque aún nos quedaba por hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero, y en el pecho se me ha quedado llorando, eterna ausencia, el abrazo de adiós definitivo.

 

E. Hernández

 

 

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